La muerte de mi Abuelita

Abueli

Han pasado un poco más de seis meses desde que falleció mi Abuelita materna, Marina, con la que tenía tremenda conexión biológica y personal (de personalidad) de actitud, de vibraciones auténticas que existen sólo entre dos personas que no solo comparten sangre y cuerpo (porque mi madre salió de su cuerpo y yo de el cuerpo de su hija), también dos personas que crean una complicidad entusiasta por el simple hecho de llevarse bien. Si bien mi Abuelita no era de abrazar ni de mostrar mayores actitudes efusivas de afecto, sus últimos años la ablandaron y respondía todos “mis te quiero” con uno igual.

Los recuerdos de mi infancia se nublan cada vez más en mi memoria, y por ser una persona que sueña mucho (prácticamente todos las noches es una historia distinta) tengo el cerebro atestado de imágenes que no siempre corresponden a la realidad. Pero hago un gran esfuerzo todo el tiempo por recordar. Es curioso que las imágenes más relevantes de mi infancia son por videos VHS que mi mamá y papá grabaron insistentemente durante toda nuestra infancia (digo nuestra porque incluyo a mis hermanos). Supongo que esto se debe a la repetición que se daba cada cierto tiempo de los videos en su reproducción. Cuando llegó el reproductor de DVD a nuestra casa dejamos de ver estos videos, por ahí el año 2000.

En estos videos hay muchas reuniones familiares en donde aparece mi abuelo y abuela, cumpleaños, aniversarios y hasta días normales.

Hace dos años me vine a vivir a Buenos Aires, Argentina para hacer un posgrado, dejé a mi familia y por sobre todo a mi Abuelita Marina, que se encontraba en un estado avanzado en su enfermedad. El año 2011 se enfermó del riñón y se tuvo que someter a diálisis tres días a la semana hasta sus últimos días. Fiel a la vida se mantuvo seis largos años en la lucha, donde era fácil vislumbrar el deterioro paulatino de su cuerpo.

La primera vez que cayó hospitalizada todxs pensamos que moriría, la iba a ver varias veces a la semana aunque no estaban permitidas las visitas a todas horas, mi mamá aprendió un camino para no tener que pasar por los guardias, era desde la puerta principal hasta la sala en donde ella se encontraba junto con otras mujeres de todas las edades, en el Hospital Barros Luco Trudeau en San Miguel, Santiago. El camino era prácticamente un laberinto en donde las vueltas se identificaban con cosas, como colores del piso y paredes, una máquina expendedora de bebidas y un cajero automático. Daba una última vuelta y ahí llegaba, a su sala, a su cama, a sus ojos que no presentaban ganas de vivir y se perdían en el vacío. Esa expresión realmente me aniquilaba, me rompía todo por dentro.

Con el pasar de los días mi Abuelita comenzó a presentar mejores síntomas, conversaba y hasta se reía. Me contaba historias, como una de su infancia donde le pidieron hacer un dibujo y ella hizo esqueletos bailando.

La vida le dio una chance y ella se aferró, pero nunca más fue lo mismo.

Ya no podía hacer sus cosas sola, al principio no podía caminar, luego empezó a hacerlo de a poco y finalmente perdió la fuerzas nuevamente. Nadie puede decir que no lo intentó, que no le puso aguante. La mayor parte del tiempo era sonriente y optimista (cosa que la caracterizaba) pero con el tiempo empezó a perder las esperanzas y las ganas.

Una vez ayudándola a caminar desde el living de su departamento hasta su habitación yo le dije: “vamos que se puede” a lo que ella contestó: “vamos que NO se puede” y yo me largué a reír. Y ahora esa es una de mis frases características cuando me vienen con optimismo.

Cuando me vine a Buenos Aires fue muy duro dejarla, si bien manteníamos esporádicas conversaciones por video call, no era lo mismo obviamente. Pero ella siempre tenía algo lindo para decirme y sobretodo me hizo notar muchas veces que estaba orgullosa de mi y que estaba feliz de lo que yo estaba haciendo.

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La última vez que la vi, en el verano del 2017 me dijo algo el último día antes de que me devolviera a Argentina. Y por una extraña y maldita razón no puedo acordarme bien de sus palabras exactas, siendo que creo, fue lo más importante que me dijo en la vida. Pero ella lloró y por primera vez la sentí triste de que yo no estuviera, de que me hubiera ido. Lloramos juntas y prometí que nos veríamos pronto. Pero ese pronto se hizo eterno y en un ocaso de seis meses la perdí para siempre. Viajé ese mismo día a Santiago y me tocó reunirme con su cuerpo vacío tras un ataúd intruso que nos separaba. Sentí, literalmente, un hueco en el pecho, denso, difuso y oscuro, doloroso y perturbante.

Aunque siempre me lo he cuestionado, por estudios y diferentes sucesos culturales, con los años he tomado una postura bastante escéptica en cuanto a creencias religiosas, por lo que ahora puedo declarar libre, abierta y absolutamente que no creo en dios. Por esta razón, omití la misa que se le hizo a mi Abuelita mientras yo me quedé con su cuerpo en el velatorio, y también decidí no escuchar más la fría recepción por parte de gente de la iglesia, quienes dijeron tres veces mal su nombre.

Como no creo en dios, las palabras que dice la gente como “ahora estará en el cielo cuidándote” o “ahora está en un lugar mejor” no tenían mucho sentido para mí. Pero un día mientras me bañaba, por primera vez me la imaginé en un lugar, como un paraíso, con mi tata Jaime, juntos y felices. La fantasía se volvió realidad ante mis pensamientos y por un segundo ocurrió lo vislumbrante y pacífico que deben sentir las personas religiosas ante esta clase de hechos y que usan para acallar el dolor, para adormecer la amargura primitiva de la pérdida.

Vivimos tan ajenos a la muerte que hasta nos sorprendemos y quedamos helados tras asumir un proceso que en definitiva es tan natural como el nacimiento. Somos tan egoístas y hedonistas que exigimos ser felices, parte de esto es tener a nuestros seres amados junto a nosotrxs sin importar nada. Si los perdemos sufrimos y el alma se nos hace una enredadera punzante que se intercala en nuestras más profundas emociones y recónditos recuerdos elaborados en realidades y sueños, no identificando el orden y la coherencia de estos.

Si no puedo adormecer mi dolor con fantasías de lo que sucede cuando te mueres, me toca lo más difícil: convivir con la realidad de no saber. Puedo ahogar las penas con el tiempo, recluir ese tiempo en fragmentos emocionales, puedo poner el pecho ante el dolor y recibir cualquier ataque. Puedo llevar el recuerdo de mi Abuelita conmigo y hacer real esta historia.

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